Ya hemos examinado el complejo sistema que constituye nuestra cámara. La hemos diseccionado, le hemos dado la vuelta, la hemos puesto del derecho y del revés examinando sus elementos fundamentales. En teoría, ya la conocemos. Ahora estamos preparados para empezar a usarla. En las siguientes entregas veremos cómo optimizar la toma fotográfica atendiendo a las fases de un proceso que iremos construyendo a lo largo de varias entregas: desde la preparación de la toma al revelado final pasando por la toma misma teniendo en cuenta las características de nuestra cámara y los principios fundamentales de la captura de luz. Y de nuevo, comprobaremos que la toma fotográfica es un proceso que mezcla inspiración y transpiración a partes iguales.

La toma fotográfica: un flujo de trabajo

Este es el momento de introducir un concepto que estará revoloteando por aquí y por allá a lo largo de esta serie de artículos. El flujo de trabajo es a la fotografía lo que los katas son a las artes marciales. En el arte marcial los katas sirven al aprendiz para ejecutar un movimiento de la forma más automatizada y perfecta posible, con el objetivo de asegurar su eficacia; pues bien,  el flujo de trabajo en fotografía (en realidad, en cualquier disciplina que suponga la aplicación de diferentes pasos en un proceso) nos va a servir para llevar a cabo el proceso de obtención de una imagen de una forma ordenada y predecible, aplicando siempre (o casi siempre) los mismos pasos en el mismo orden. De esta forma solucionamos dos problemas inherentes a la fotografía: por un lado, afrontar con herramientas eficientes sesiones fotográficas largas, con el consiguiente revelado de grandes cantidades de imágenes; por otra parte, también nos puede servir para tener en mente una “estrategia” tanto a la hora de hacer una fotografía como a la de revelar su negativo digital.

Por esta razón, de aquí en adelante haré constante referencia a esto del flujo de trabajo, dividiendo el proceso de obtención de una fotografía en fases. Lo bueno de los flujos de trabajo es que son modulares y dinámicos, así que cada una de las fases de nuestro flujo de trabajo  principal se puede dividir a su vez en otros flujos de trabajo que iremos viendo sucesivamente. Pero de momento nos vamos a quedar con el más general de todos, que es la referencia más frecuente en el mundillo audiovisual, y que seguro que a muchos de vosotros os sonará:

Flujo de trabajo básico, con sus tres fases principales.

En el gráfico superior nos encontramos con las tres fases principales del proceso; de hecho, como mencionaba antes, estas mismas fases se pueden aplicar a prácticamente cualquier proceso de tipo audiovisual (además de la fotografía, la edición de audio o de vídeo, por ejemplo).

Sé que ardéis en deseos de que me introduzca en el revelado propiamente dicho, pero esa es una de las fases de la postproducción, así que estamos aún bastante lejos. No obstante, no describiré con la misma profundidad cada uno de estos pasos. Antes de entrar en cada uno de ellos, un resumen: estas tres fases dividen la toma fotográfica en tres “momentos”:

  1. Antes de la toma (preproducción).
  2. Durante la toma (producción).
  3. Después de la toma (postproducción).

La preproducción

Esta es una de las fases sobre las que pasaré de manera muy ligera, dado que este es un terreno que por sí solo merecería un tratado completo. No obstante, a modo de resumen os puedo indicar que dentro de la fase de preproducción se engloba un flujo de trabajo secundario que implica todas las tareas previas al momento de la toma fotográfica en sí.

La idea

Dentro de esta fase, por lo tanto, está el primerísimo de los momentos, que es el de la propia “idea”. No olvidemos que, por encima de todo, la fotografía es un arte, y por mucho que queramos creerlo, el arte no es algo que se improvisa. Más aún cuando se supone que hablamos de fotografía “de alta calidad”. La fotografía más “seria” empieza con un proyecto: queremos fotografiar “esto” y  “de esta manera”. Cuando hablo de la “idea” me refiero al “esto”, y hay muchos tipos diferentes de “estos”. No es lo mismo querer hacer un retrato que un paisaje, por ejemplo. Y aun dentro del concepto de retrato no es lo mismo hacer un retrato de estudio que un retrato en exteriores, o un retrato posado que un retrato casual. Y si hablamos de paisajes, la situación es la misma: No es lo mismo fotografiar un paisaje invernal en Laponia que un desierto en Chile.

Por otra parte, las ideas pueden no venir de nuestra propia inspiración, sino estar condicionadas externamente. En contextos de fotografía de tipo profesional (fotografía periodística, por ejemplo) o en el contexto de un concurso fotográfico, donde se “imponen” diversas circunstancias (concursos de fotografía paisajística, o concursos de fotografía “low cost” donde la condición es que las fotos sean realizadas con el teléfono móvil), la planificación estará condicionada y tendremos que adaptarnos a ellas haciendo los cambios en nuestro flujo de trabajo que sean necesarios. Como vemos, el “porqué” o el “para qué” de la fotografía también es relevante.

Naturalmente, las “ideas” pueden surgir sobre la marcha, en medio de una sesión improvisada durante un viaje, por ejemplo. Puedes estar visitando un lugar turístico y encontrar un motivo interesante que fotografiar; aunque las circunstancias en este caso son muy diferentes a una fotografía planificada “desde tu gabinete”, el proceso del flujo de trabajo se debe desencadenar igualmente. Una vez tenida la “idea” debo pasar a la siguiente fase, la de la planificación.

La planificación

A partir de la idea comenzaríamos a planificar la toma, respondiendo a una serie de preguntas:

  • ¿Cuáles son las circunstancias que me voy a encontrar para conseguir la fotografía que quiero?
  • ¿Cuál es la forma más económica de hacerlo?
  • ¿Cómo voy a conseguir los mejores resultados?

La respuesta a estas preguntas da como resultado un plan de trabajo que puede implicar una miríada de pequeñas tareas: desde la selección del equipo/instalaciones que vamos a utilizar (trípodes, flash, filtros, disparadores, cajas de luz, paraguas, un estudio de fotografía con un set…) a cosas que ya se alejan bastante de la fotografía (planificar el viaje si lo que quiero fotografiar no puede venir a mi, y si es así, cuándo es el momento óptimo para hacerlo). En términos generales, por lo tanto, podemos dividir estos trabajos de planificación en los siguientes grupos:

  • Planificación del equipo: selección de cámaras, objetivos y accesorios necesarios.
  • Planificación material: organización de viajes, alojamientos, alquiler de estudios, etc.
  • Planificación administrativa: obtención de visados, contratación de modelos, obtención de permisos varios, etc.

Dicho así no parece gran cosa, pero cuando un fotógrafo profesional planifica concienzudamente una toma, la fase de producción puede alargarse mucho tiempo. Los factores que pueden influir en esta planificación previa van a depender, naturalmente, de lo que queramos fotografiar: no se planifica igual una sesión de modelismo (en este caso, la preproducción puede implicar la contratación de un/una modelo, por ejemplo) que una jornada de fotografía de naturaleza (para cuya preparación se puede requerir una investigación previa sobre las condiciones climáticas, del terreno, de los accesos, etc.). Como os podréis imaginar, me resultaría imposible adentrarme en detalles sobre este asunto, y además un atrevimiento inaceptable: no soy, ni mucho menos, un experto en planificación de fotografías, soy demasiado perezoso para este tipo de tareas, lamentablemente.

De todas formas puedo ofreceros un ejemplo “casero” de este tipo de planificaciones. Uno de los artículos anteriores de esta serie utilizaba como encabezamiento la siguiente fotografía:

Ejemplo sencillo de fotografía “de estudio”.

La historia detrás de esta fotografía no da para una novela, pero puede servirme para ejemplificar el concepto de planificación fotográfica. Quería usar una imagen en la que se contrastara la evolución de los tiempos en esto de la fotografía. La solución estaba muy a mano. Tengo una cámara “lomo” original, adquirida por cuatro duros en un mercadillo de Vilnius (Lituania), ciudad que es mi hogar en estos momentos. Poniendo esta vetusta cámara al lado de una moderna (en realidad no tanto) cámara réflex digital podía mostrar visualmente este contraste. Ahora bien, ¿dónde las coloco para que “queden bonitas”? No cuento con un estudio fotográfico, ni de complejos sistemas de iluminación. Por suerte, lo que sí tengo es una gran ventana y, sobre todo, tengo a mi disposición seis meses al año de crudo invierno lituano. Como conozco perfectamente la orientación de mi domicilio, sabía que a eso de las 12:00 la luz incide directamente a través de las ventanas de mi salón en un ángulo muy directo durante los meses invernales. Esto podría producir sombras muy duras, de no ser por el predecible invierno de estas latitudes: me habría jugado un millón de euros a que el día que había planificado para hacer la toma estaría nublado: y para bien o para mal, así fue. La luz estaba solucionada. Me quedaban algunas cosas relacionadas con la composición. El fondo lo arreglé usando un geranio (que generalmente reposa en otra ventana) y un candelabro de bronce con el que equilibro un poco el color. Sé que uno y otro no se advierten en la foto al estar desenfocados, pero es precisamente lo que quiero: la atención se debe orientar a las dos cámaras, y la planta y el candelabro solo me están dando su color. Sin embargo, las primeras pruebas no me convencían; el primer plano de la imagen, desenfocado y del color blanco del alféizar, desequilibraba la composición, y no era el adecuado para mi gusto. La solución: acerqué mi teléfono móvil, situándolo por debajo del objetivo. Sabía que el desenfoque provocado por la gran apertura haría irreconocible sus formas, pero me proporcionaría un interesante reflejo (interesante en mi opinión, claro). El resultado, aderezado con un revelado tirando a “retro”, completa el efecto deseado.

Lo bueno de una planificación previa es que todo lo que acabo de describir es un proceso que llevé a cabo en mi cabeza en cuestión de segundos, lo que me permitió, sobre todo, dedicarle el tiempo justo a esta fotografía y poder dedicarme a asuntos más importantes. No se trata, insisto, de una planificación extremadamente compleja, pero sí contiene los elementos fundamentales de esta parte del flujo fotográfico: pensar qué quiero y qué necesito para obtenerlo.

La planificación “in situ”

El proceso de preproducción, además, tiene un “remate final” en las horas o minutos previos al mismísimo momento de apretar el disparador. En fotografías en exteriores, por ejemplo, es muy conveniente tener en cuenta las condiciones de luz y clima que nos podremos encontrar en el momento de la toma. Además, tenemos que estar preparados para imprevistos, contratiempos y cambios de planes sobre la marcha. O incluso pueden aparecer oportunidades inesperadas que nos obligarán a planificar una fotografía o varias que no entraban en lo previsto. Es lo que denomino “preproducción in situ”. Para explicar esto, ahí os va una foto:

Playa de Laredo, Cantabria (España).

Realizar esta imagen me costó una fiesta, literalmente; la tarde anterior había estado con  unos amigos disfrutando de la deliciosa localidad de Laredo, en el norte de España. Cuando pasamos por la playa, me di cuenta de que tenía un encuadre perfecto para una fotografía, pero en ese momento las condiciones no eran óptimas: demasiada gente pululando por la arena, y una luz muy dura que proyectaba desagradables sombras. Yo sabía que la playa “tenía una foto”, pero al mismo tiempo me daba cuenta de que ese no era el momento adecuado. Yo quería “esa playa” pero lo más vacía posible, para centrar la composición en la relación entre el quiosco, el promontorio del fondo y la propia playa. Pensé, movido por un arrebato creativo un tanto presuntuoso, que sería interesante y hasta cierto punto irónico mostrar ese quiosco lo más solo posible, rodeado de un majestuoso paisaje natural, como una especie de “cuerpo extraño”. Un montón de turistas pululando habría arruinado ese efecto, y este hecho imponía una planificación ad-hoc. Movido por una determinación extraña en mi, decidí que aquella noche no la dedicaría al noble arte de empinar el codo, o al menos lo haría con la moderación suficiente como para poder madrugar a la mañana siguiente. La imagen final está tomada a las 07:30h, lo cual demuestra que cumplí mi objetivo a medias: habría sido mejor si la toma se hubiese hecho al amanecer. No obstante, las condiciones de luz, nubosidad, y, sobre todo, el hecho de que solo una persona y un barquito apareciesen en el encuadre (un guiño de la fortuna, teniendo en cuenta que las personas siempre ayudan a dar una referencia de tamaños en la fotografía de paisaje) eran exactamente los componentes que deseaba en mi foto. Incluso tuve un segundo golpe de suerte: las tumbonas cuidadosamente ordenadas y alineadas a los lados del quiosco (que la tarde anterior se diseminaban desordenadamente por toda la playa) me ofrecían una línea imaginaria y una nota de color que reforzaban toda la composición. Esto no entraba dentro de la planificación, ni de lo que imaginaba al tener la idea, pero me vino de perlas. De hecho, podría haber ido más allá, y movido los montones de tumbonas para cuadrarlo más todo, pero al final pudo la pereza y el miedo a que las huellas de pisadas sobre la arena afeasen el conjunto. Por cierto, la preproducción “in situ” se culminó con el uso de un contenedor de basura a falta de un trípode.

El ejemplo anterior sirve para ilustrar un par de cosas: este caso no es precisamente un modelo de preproducción. La toma no estaba “planificada” en sentido estricto; yo no había imaginado desde mi casa que la playa de Laredo sería un buen motivo fotográfico, y no planeé mi viaje a Cantabria precisamente para obtener esta imagen. No obstante, una vez localizado un buen motivo, el mecanismo se debe desencadenar hasta sus últimas consecuencias, lo cual implica echar mano de vez en cuando de ciertas dotes de improvisación. El caso es tener en cuenta siempre que la toma fotográfica puede ser mejor si se planea previamente, intentando optimizar al máximo las circunstancias de forma que nos beneficien. A día de hoy no estoy demasiado orgulloso del revelado de esta imagen, pero siempre voy a tener un negativo decente que volver a revelar de otra manera. Y el buen negativo es el resultado de intentar hacer las cosas bien en la primera y segunda fase de nuestro flujo de trabajo.

Dicho esto, ya tenemos un esquema básico de la primera fase de nuestro flujo general:

Esquema básico de la fase de preproducción.

Como os dije, no profundizo demasiado en cada uno de estos puntos, pero ya os estoy seguro de que ya os vais haciendo una idea de cómo funciona el proceso. Son diferentes fases que vamos cumplimentando, de forma que cada una de ellas va a asegurando a la siguiente. Al mismo tiempo, cada una de estas fases puede estar sujeta a modificaciones, ampliaciones o reducciones en función de las circunstancias. El gráfico superior, muy esquemático, se puede ampliar con algunos detalles referidos a cada una de las fases de la preproducción:

Esquema detallado de la fase de preproducción. Nótese que el último paso (planificación in situ) puede “resetear” el proceso, generando un nuevo flujo.

Y, como os he mencionado, este nivel de detalle puede ampliarse lo que deseemos en función de nuestra inclinación al perfeccionismo o nuestras necesidades como fotógrafos.

Esto es, a grandes rasgos, en lo que consiste la preproducción fotográfica. Es algo que ocurre sin tener la cámara en la mano, por lo que se puede entender como un momento aburrido o meramente un trámite. Sin embargo, es tan importante como el resto del proceso, en la medida en que facilita las posteriores fases.

En este sentido, hay que recordar la máxima fotográfica:

cuantas más modificaciones, más degradación en la calidad final.

Y en este caso, las modificaciones respecto al original se producen entre lo que tenemos en la cabeza al principio del proceso, y la foto definitiva. Y es que, en la fotografía de calidad, la imagen original se encuentra en la mente del fotógrafo; es esa idea que mencionaba al principio la que va a ir sufriendo alteraciones a lo largo de todo el flujo de trabajo, y nuestro objetivo es que esas modificaciones no alteren demasiado la primera visión mental del artista. ¿Suena demasiado poético? Os lo dije: aquí hay tantas matemáticas como poesía, transpiración e inspiración.

La siguiente entrada estará dedicada al siguiente paso de nuestro flujo fotográfico general: la producción. Es una fase densa, que probablemente dividiré en varias entregas independientes. Como de costumbre, vamos piano, piano.

Nota: Todas las imágenes utilizadas en este artículo son obra de su autor y se pueden utilizar libremente, mencionando la fuente.

 

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Gustavo
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Gustavo

Soy un novato en estos lares fotográficos sin demasiada pretensión (pero con ganas de aprender) y hasta ahora siempre salí “a ver qué fotografiaba” y nunca pensé en tener en cuenta estos pasos. Así que gracias por tus excelentes consejos que sirven para ir mejorando. Espero con ganas los siguientes!